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Roca no necesita monumentos

Julio Roca
Sin lugar a dudas, Julio Argentino Roca es uno de los personajes históricos que más controversia produce. Sus características políticas, su defensa del orden, del Estado, la campaña de conquista de la Patagonia y del Gran Chaco lo colocan en ese no tan cómodo lugar. Fue el presidente que más años gobernó (1880-1886 y 1898-1904) sumando un total de doce años.

Este tucumano, nacido el 17 de Julio de 1843 e hijo de un militar (su padre Segundo Roca participó en las Campañas de Independencia) desde muy joven se interesó por la política. Por ser sobrino de Marcos Paz, pudo recorrer el país llevando la Bandera liberal de Mitre.


En octubre de 1879, por orden del Presidente Nicolás Avellaneda, Roca emprendió la mal llamada conquista del Desierto, ya que la zona a conquistar no estaba despoblada ni era desértica. En junio de 1880, también por orden presidencial, enfrentó a la sublevación del Gobernador de la provincia de Buenos Aires Carlos Tejedor. En octubre, con treinta y siete años de edad, asumió la Presidencia de la República.


Conquista del “desierto”


La campaña de conquista de la Patagonia no sólo significó la incorporación de 42.000.000 de hectáreas al territorio argentino, sino que también posibilitó que nuestro país se consolidara como productor de materias primas. Estas tierras estaban ocupadas por una gran población aborigen que no aceptaba la autoridad del estado argentino y atacaba los territorios de las poblaciones fronterizas. Como resultado de esta campaña murieron unos 1.300 aborígenes y otros 13.000 fueron desplazados y reubicados. Cabe recordar que el Gobernador de la provincia de Bs As Juan Manuel de Rosas, ícono del nacionalismo argentino, a mediados del Siglo XIX (1833) también emprendió una campaña en contra de los aborígenes de la Pampa Bonaerense, en la cual unos 3.200 nativos resultaron muertos por sus milicias.


Como Presidente de la Argentina Julio Roca llevó adelante la organización administrativa del país (sancionó códigos de leyes), la extensión de vías férreas, fundó bancos, fomentó la inmigración y la construcción de puertos y caminos, logró la federalización de la Ciudad de Buenos Aires, propició la fundación de la Ciudad de La Plata (incluyendo museos, escuelas, universidad, edificios públicos y teatros), convocó al Primer Congreso Pedagógico Nacional, creó el Consejo Federal de Educación, sancionó la ley 1420 por la cual la educación sería común, gratuita y obligatoria. Terminó de delimitar las fronteras con Brasil, Paraguay y Chile y en 1902 sancionó la ley electoral (ley 4161). Esta ley es poco recordada ya que fue derogada por el Presidente Quintana. En 1905 el Diputado socialista Alfredo Palacios (elegido por la ley electoral de Roca) presentó un proyecto de ley para el descanso dominical que fue aprobada por el Congreso (ley 4661).


Después de haber ejercido su Segunda Presidencia, Roca no se retiró de la vida pública del país y siguió influyendo en la política nacional. Murió el 19 de octubre de 1914 en su residencia de la calle San Martín en Recoleta.


Un legado de roca


Hace algunos años, el investigador Marcelo Valko (al cual tuve el placer de conocer) inició una campaña con el objetivo de “desmonumentar” a Roca, o sea, retirar sus monumentos de las plazas, cambiar el nombre de las calles, escuelas y edificios públicos que llevaran su nombre. Crítico de la figura del ex Presidente, realizó varias investigaciones históricas junto al maestro Osvaldo Bayer en las cuales narraba los abusos de los soldados de Roca hacia los aborígenes. Estudios de gran importancia histórica. Sería de necios negar tales crímenes. Pero también hay que señalar que el Gral. Roca actuó bajo las órdenes del Presidente Avellaneda y sus acciones fueron avaladas por el Congreso Nacional.


Como Presidente, Julio Roca sentó las bases para la organización del Estado Nacional y para el crecimiento económico ya que, en menos de cuarenta años, Argentina llegó a estar entre los diez mejores PBI del mundo.


No se debe pensar en Roca como a un individuo que actuó por motivaciones personales. Él fue el exponente de una generación de pensadores y políticos latinoamericanos que querían dejar atrás el atraso post colonial e ingresar al capitalismo como naciones modernas productoras de materias primas. Su figura es comparable a la de Porfirio Díaz en México y a la del Emperador Pedro II en Brasil. La Generación del 80 tenía muy en claro que al Estado imperialista español había que suplantarlo por un Estado Nacional que se basara en el respeto a las leyes y en el progreso económico.


Julio A. Roca fue un personaje con luces y sombras. Se lo responsabiliza por las muertes de miles de aborígenes, lo cual es un acto totalmente condenable y repudiable. Como también lo es la muerte de cientos de argentinos de comunidades aborígenes perpetradas en 1947 durante la Primera Presidencia de Perón (Masacre de Pilagá). A Roca se lo critica por su conflictiva relación con los sindicatos, grupos anarquistas y radicales. Como ejemplo de esto, en 1902 se sancionó la ley de Residencia (ley 4144) por la cual el Poder ejecutivo tendría la facultad de expulsar del país a extranjeros que perturbasen el orden. Si se la analiza, es una ley netamente represora, pero lo que la historia y la política no llegan a explicar es por qué esta ley estuvo vigente durante gobiernos oligarcas, democráticos, militares, radicales y peronistas. Fue Arturo Frondizi quien la derogó en 1958.


Nuestro país llegó a tener una economía pujante gracias a las leyes, a la infraestructura desarrollada, a su extensión territorial, al comercio, a la inmigración, a la producción agroexportadora, al incipiente desarrollo industrial y a la educación gratuita y obligatoria. Muchas de las acciones llevadas a cabo por Roca llegaron hasta nuestros días y nos marcaron como país, como nación y como pueblo. Aunque no lo sepamos y hasta lo neguemos, Roca vive en nosotros. Es por esto que Roca no necesita monumentos.


Por Mariano José Visoso


Mariano José Visoso


El autor es profesor de historia y Lic. en gestión educativa

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