Primer acto: Un señor de sesenta años, vestido formal pero sin corbata, se acerca a Gabriela Alejandra Pampin, tercera generación de calesiteros, para decirle "Gracias". Ante la sorpresa de la joven, el hombre explica: "Su abuelo tenía esta calesita allá por la década del 50. Y había chicos que podían pagar la vuelta... y chicos que no, como yo. Sin embargo, él siempre me invitaba a entrar y yo no me olvidé. Por eso vengo a decirle Gracias, por tanta felicidad".
Segundo acto: la nena es traída por su papá, y la sube al extraño barquito con volante de automóvil, pero no importa, si ella lo disfruta y lo mueve hacia derecha e izquierda. Hipnotizada por un mundo que gira a su alrededor y por los antiguos personajes de historietas pintados en el corazón del carrousel, de una época que ya no es, pero igualmente mágicos, no advierte que la calesitera está tentándola a que agarre la sortija, premio sin igual para los chicos más grandes. De repente, la preciada sortija aparece mágicamente en el asiento de al lado de la precoz capitana. El papá sonríe, salta de su asiento de cemento, está más feliz que la misma nena, y lamenta no haber traído una cámara de fotos para eternizar tan sublime momento.
Tercer acto: Escándalo generalizado. El hecho ocurrió días atrás. Chicos llorando porque querían ir a la calesita, mientras los papás y mamás intentaban infructuosamente de convencerlos que estaba cerrada. Pero los chicos veían gente dentro del lugar…! y los padres no sabían explicar el motivo. La respuesta: Era la familia de calesiteros que se encontraban pintando los animalitos y las mamparas que cubren el eje rotativo del carrousel, ante el desconsuelo de los progenitores. Uno de ellos, harto de los sollozos incontenibles, lanzó: “y dígame… ¿no pueden pintar de noche?”
Hechos como los narrados se suceden cada vez que la "Calesita Pampin" abre sus puertas en la tradicional plaza "9 de Julio", que arrancó casi seis décadas atrás en Monseñor Larumbe y Necochea, frente a la Iglesia de Santa Teresita, en el corazón mismo de Martinez, y hoy permanece, orgullosa, en Córdoba y Berutti. Hoy, dentro de la garita, todavía se conservan una foto de Consuelo y Ramón en sus “años mozos”, y una foto de Consuelo, con sus orgullosos 95 años, abrazada por el intendente Gustavo Posse.
Alejandra Pampín, una de los seis nietos del matrimonio calesitero, se presta a la entrevista, pero sabiendo que, al igual que el cronista, el interrogatorio será interrumpido cuando Gaby, Fofó y Miliki concluyan “La Gallina Turuleca”, y luego volverá a cortarse cuando Adriana deje de cantar “El Sapo de los Chicos”. En el medio, durante unos segundos, Alejandra desafía a los nenes más grandes con su sortijera,y un endiablado movimiento de muñeca. Alguno la obtendrá, pero no sin esfuerzo.
Y cuando “nadie” la ve, la calesitera deposita la sortija, ese preciado tesoro, en la mano de algún pequeño que luego la enarbola como bandera y busca la mirada cómplice de sus papás, mientras por ahí desfilan el helicóptero sin hélice, el elefante que se llama Trompita, los incansables caballos blanco y negro, que jamás se sacarán ventaja en su carrera circular, una vaca lechera y tantos otros compañeros de andanzas.
“Es que esto para nosotros es como un acto de amor giratorio: todo lo que damos, nos vuelve”, expresa, y lo cree de verdad. Para Alejandra, lo importante “es que los chicos disfruten. Y al final del día, veremos cómo nos fue”, sostiene.
Tal vez, las calesitas debieran ser patrimonio de la Humanidad, apoyadas por UNICEF o protegidas por la Nación, la Provincia o los Municipios, dada su capacidad de brindar alegría a los chicos, tal vez como ninguna otra actividad lúdica en el mundo.
Porque en la calesita nadie pierde, nadie se pelea, todos sonríen. Y allí, los grandes descubren también que los chicos pueden ser felices con muy poco: con papás y mamás que les den su amor, su tiempo y su atención, y con alguien que, como el calesitero, los lleve a recorrer un mundo de fantasía.
Por Alfredo Goijman

