Por Leonardo Iglesias
Mientras nos acomodábamos con Marcelo Siri para relatar por FM 93.5 pensaba en lo particular de este partido, muy raro desde la concepción y digo esto porque se enfrentaban quizá los dos equipos más irregulares de este campeonato de, valga la redundancia, irregulares. En la previa me imaginaba cuántos equipos a partir de la gesta de Tigre en el 2008, venciendo 4-3 en la Bombonera, se dieron cuenta de que a Boca había que faltarle el respeto. Esa solución lograría que los propios jugadores xeneizes sintieran la presión de ser locales. Entonces, a partir de lo que hizo Tigre -luego subcampeón- la mentalidad de los rivales de Boca fue que La Bombonera había dejado de temblar. Y de latir.
Decíamos que ambos llegaban a la cita golpeados, hundidos en su propia mediocridad. Ninguno había podido lograr en el campeonato hilvanar varios partidos seguidos con una idea -y resultados que acompañen-. Se hicieron repetidos los cambios tácticos, las variantes en los nombres, y en ninguno de los casos además jugó a favor la suerte.
Con estos condimentos, parecía que íbamos a ver un partido muy cerrado, de ésos que ninguno sabrá cómo ganar y que por lógica entonces no querrán perder. Y cuando pasa eso, terminan en tablas, cual ajedrez.
No obstante, Boca y Tigre nos mintieron, señores. Jugaron 90' para recordar no sólo como "la tarde de los tres goles de Stracqualursi", sino también por "el partidazo del 3-3".
De entrada golpeó el Matador, agresivo, picante de 3/4 en adelante y muy sólido atrás, destacándose la movilidad y precisión de Román Martínez (¡al fin levantó!), el despliegue y la gambeta endemoniada de Diego Morales y también la prestancia en el fondo de Echeverría. Justamente, hablando del ex Chacarita, fue que surgió a los 21' la apertura del marcador. Un buen centro del zaguero, en una jugada rápida tras un córner, derivó en el anticipo -tremendo anticipo que se destacó más que el posterior cabezazo- de Denis Stracqualursi. Stop. La tercera bandeja deliraba por el 1-0, y enseguida llegó el segundo, un sueño. Gran centro de Leone, otro gran anticipo de Stracqua y adentro... 2-0 en la mismísima Bombonera, que hasta entonces permanecía callada, atónita ante la pasividad de su equipo pero también sorprendida con lo que proponía Tigre, que justificaba en el resultado lo que hasta ahí implicaba el desarrollo del juego.
Ante cada intervención en los comentarios del programa, manifestaba que Boca estaba confundido y había que liquidarlo, que no me conformaba el 2-0 y había que ir por más. Pero me olvidé de Riquelme. El crack Xeneize poco a poco empezó a jugar, Teté González sólo le miraba el número y el 10 reventó el travesaño, le dio trabajo a Islas, provocó el descuento de Colazo y empató el partido sobre la hora del primer tiempo. ¿Algo más, Román? La gente de Boca empezó a delirar al compás de su mejor jugador, y nosotros a penar por los errores-horrores de Pernía y por esos minutos de más que otorgó el juez Pompei.
Lo que había sucedido fue todo un partido dentro de 45'. Tigre superior y abrumador en los cuarenta iniciales, y un Boca que en cinco minutos hizo lo que quiso y lo empató. Rara sucesión de hechos para el goce de los amantes de este deporte.
Parecía que si Tigre mantenía la línea dispuesta por Arruabarrena (planteo táctico brillante) el partido lo ganaba al trote, porque Boca atrás marcaba muy mal, no contenía a Stracqualursi, no ganaba de arriba, y su arquero parecía asustado y por ende atado bajo los 3 palos.
Así fue que el Matador salió con todo en el complemento. En dos minutos generó cuatro tiros de esquina y tres intervenciones de Lucchetti. Sólo había que seguir insistiendo, hasta que llegó la jugada del penal a Echeverría, y el bombazo del máximo artillero del temporada: Stracqualursi, cuándo no. El rafaelino, con la conquista, se puso al tope de los artilleros del Clausura y marcó su primer hat-trick en cancha de Boca.
La impaciencia del hincha xeneize y el delirio de la Banda del Matador, lo decía todo. Tigre era más, ganaba bien y sabía que conteniendo a Riquelme (algo cansado en el ST) no había forma de que Boca empatara.
Faltaba muy poquito y usted sabe cómo terminó la historia: la defensa pensó muchísimo en Riquelme y se olvidó de los demás: el zapatazo lo sacó Clemente Rodríguez al ángulo de Islas. Golazo.
El 3-3 sonó a sentencia. No hicieron falta esos minutos de más que jugaron el Xeneize y el Matador. Quedó la sensación de que Tigre, pese a que pudo haber ganado, se fue más conforme que Boca con el punto, aunque ambos le hicieron honor al mote de "irregulares".
Quedará para el final rescatar un supremo avance respecto al juego ante All Boys, la definida relevancia que tiene Stracqua, la levantada anímica de muchos jugadores y el puesto que nadie debe sacarle a Cachete Morales, un jugador distinto, y que me perdone Martín Gómez, jugador que nos ilusionó y se quedó...
Decía al comienzo de lo feliz que me hace esta profesión. Amo el periodismo deportivo porque me permite entrar y salir de la piel de hincha, sin jamás dejar de lado mis sentimientos y la pasión, destacando del fútbol su anacronía, las justicias e injusticias, los vaivenes, sus colores, la elegancia y la fiereza, y, por supuesto, los goles; eso tan hermoso que nunca debe faltar. Boca y Tigre prometían un bodrio, y fue una fiesta. Agradecidos los amantes del fúlbo.
La seguimos ante San Lorenzo.

