25.01.2026 - 0:25 | Opinión

Soberanía real y seguridad Nacional: La Argentina ante un mundo que ya cambió

La nueva Doctrina de Seguridad de los Estados Unidos (National Security Strategy), parte de una definición amplia y moderna de Seguridad Nacional que reconoce un cambio de época: el mundo dejó de ser previsible y se transformó en un entorno de competencia estratégica entre las primeras potencias.

Soberanía real y seguridad Nacional: La Argentina ante un mundo que ya cambió.

Por Diego Avancini

(Presidente Bloque La Libertad Avanza Tigre)


La nueva Doctrina de Seguridad de los Estados Unidos (National Security Strategy), parte de una definición amplia y moderna de Seguridad Nacional que reconoce un cambio de época: el mundo dejó de ser previsible y se transformó en un entorno de competencia estratégica entre las primeras potencias.


En este contexto, la seguridad ya no se limita a evitar una invasión militar, sino que implica proteger la capacidad de decisión del Estado frente a amenazas cada vez más complejas.


Washington entiende que defender su territorio, hoy también significa resguardar su economía, su liderazgo tecnológico, sus cadenas de suministro, su infraestructura crítica, su moneda y su cohesión social.


La disuasión, la resiliencia interna y el control de capacidades críticas vuelven así a ocupar un lugar central frente a amenazas estatales y no estatales que combinan poder militar, presión económica, desinformación, espionaje, terrorismo, narcotráfico y control tecnológico.


En síntesis, esta doctrina no se trata de una lógica de dominación ni de construcción ideológica, sino de una lectura realista y pragmática de un mundo donde la vulnerabilidad económica y tecnológica puede ser tan peligrosa como un conflicto armado.


En este marco, conflictos como Ucrania, Medio Oriente, el Indo-Pacífico o en América Latina no deben leerse como episodios aislados sino como nodos de una misma disputa sistémica.


Rusia, China e Irán operan con lógicas convergentes orientadas a erosionar la primacía occidental sin asumir una confrontación directa total.


Frente a ese escenario, EE.UU. responde priorizando alianzas selectivas, apoyo indirecto, superioridad tecnológica y una estrategia de largo plazo, de manera que ningún actor externo pueda condicionar su libertad de acción.


Por eso, su nueva doctrina se apoya en tres pilares: disuasión militar creíble, liderazgo tecnológico y alianzas estratégicas eficientes.


Desde esta lógica deben entenderse decisiones como el interés por Groenlandia, aún ante las tensiones generadas con Dinamarca y la Unión Europea.


En un contexto de competencia con China y Rusia, el control de posiciones estratégicas y recursos críticos es interpretado como una cuestión de seguridad nacional, incluso cuando involucra a aliados tradicionales.


Del mismo modo, su accionar frente a Venezuela responde a variables de seguridad energética, crimen transnacional y estabilidad regional.


Analizar estos movimientos no implica justificarlos, sino comprender cómo actúan hoy los Estados que planifican su seguridad a largo plazo.


Sintéticamente, para EE.UU. la seguridad es un concepto integral, donde defensa, economía, inteligencia, industria, educación, ciencia y política exterior funcionan de manera coordinada.


En Argentina, en cambio, el concepto de Seguridad Nacional fue deformado y demonizado durante décadas.


Para gran parte de la dirigencia política, hablar de Seguridad Nacional fue sinónimo de autoritarismo, cuando en realidad se trata de cuidar los intereses del país y de los argentinos.


La seguridad se redujo a patrulleros y delitos urbanos, mientras se ignoraban cuestiones centrales como la dependencia energética, la pérdida de control sobre recursos estratégicos, la expansión del crimen organizado transnacional y la ausencia de una política de defensa coherente.


Durante los últimos 20 años, los distintos gobiernos sistemáticamente hundieron la economía, destruyeron la moneda, degradaron la educación, perdieron capacidad productiva y resignaron el crédito internacional, reemplazando la planificación estratégica por relatos ideológicos.


Este proceso dejó al país vulnerable frente a crisis externas, sometido a ciclos inflacionarios crónicos e incapaz de articular defensa, inteligencia y desarrollo económico.


En síntesis, Argentina llega al escenario actual con una noción de Seguridad Nacional vaciada de contenido, Fuerzas Armadas desfinanciadas y un Estado debilitado, lo que derivó en un país más pobre, más dependiente y con menor capacidad real de decidir su propio destino.


La seguridad internacional, la defensa de la vida y la libertad individual dejaron de ser consignas abstractas para convertirse en condiciones necesarias del desarrollo de las nations.


Este cambio de paradigma global tiene implicancias directas para nuestro país.


En un mundo donde la seguridad incluye energía, alimentos, minerales críticos y estabilidad institucional, poseemos ventajas enormes, contamos con recursos que el mundo necesita.


Pero esas ventajas pueden transformarse en debilidades si no comprendemos la necesidad de establecer y sostener reglas claras, alineamientos definidos y una visión de seguridad integral.


En este contexto, la política exterior impulsada por el presidente Javier Milei representa un quiebre necesario.


El alineamiento con Estados Unidos y con las democracias occidentales no responde a una cuestión de subordinación ideológica, sino a una lectura realista del escenario internacional: no hay desarrollo económico sin seguridad jurídica, ni soberanía sin inserción inteligente en el mundo, ni libertad posible bajo la tutela de regímenes autoritarios o economías cerradas.


Pese a todo, la izquierda y el kirchnerismo continúan en su burbuja anacrónica, insistiendo en discursos que distorsionan la realidad, hablando de supuesta “entrega de soberanía”.


Lo que existe es una convergencia de intereses en un mundo donde la seguridad económica está estrechamente ligada a la seguridad nacional.


Por eso, la neutralidad declamada, el doble discurso y la ambigüedad estratégica ya no son opciones viables.


El proceso de ordenamiento iniciado por Javier Milei de estabilización económica, recuperación de la credibilidad, reducción del déficit y reinserción internacional, no es fácil; falta crecimiento, empleo y que la mejora llegue al bolsillo, y también existen errores y decisiones perfectibles.


Pero, a diferencia del pasado, hoy hay un rumbo definido y la decisión política de romper con un modelo que fracasó y dejó un país quebrado, aislado y sin capacidad real de decisión propia.


La verdadera soberanía no se declara, se ejerce. Y se ejerce entendiendo el mundo como es, no como nos gustaría que fuera. Recuperar una noción seria de seguridad nacional es proteger el trabajo, el futuro y la libertad de los argentinos.


Para hablar seriamente de soberanía debemos construir una economía sana, instituciones fuertes, educación de calidad, trabajo digno y una defensa acorde al siglo XXI. Abandonar el discurso del miedo y la dependencia ideológica es parte del cambio profundo que el país necesita.


Hoy, Argentina, por primera vez en mucho tiempo, tiene la oportunidad de abandonar el fracaso estructural y reconstruirse sobre bases sólidas.


Persistir en negar esa realidad no es una posición política, es condenar al país a repetir, una vez más, el fracaso que ya conocemos.